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Contenido spoiler.
Un final más o menos acertado no debe enmascarar una temporada globalmente
decepcionante. El árbol no debe esconder el bosque. La temporada 4 de Prison
Break puso fin a una serie que no habría debido durar tanto tiempo. La
ficción imaginada por Paul Scheuring (que creó esta serie únicamente
para tener dos temporadas) descansaba, al principio, en una buena idea, pero ésta
se refería a un fin rápido y no podía acomodarse con una
prolongación dictada por el éxito o la audiencia.
Prison Break habría tenido un gran interés si no hubiera sobrepasado
su segundo año de existencia. El trayecto que llevaba de Fox River a
la penitenciaría de Sona en Panamá bastaba rizar el rizo de las
aventuras de Michael Scofield. Si la serie se hubiera parado allí, habría
dejado un buen sabor en nuestra memoria, a pesar de sus debilidades. Haber querido
imponer una continuación (perturbada por la huelga de los guionistas
de Hollywood), luego una conclusión en el triángulo Los Angeles-Miami-Chicago
sirvió sólo para convertir una buena serie en un mal reflejo de
ella misma. Es una injusticia porque merecía (por su primera temporada
sobre todo) un puesto más alto en nuestra memoria seriada del que finalmente
conseguirá.
Por supuesto los dos últimos episodios, emitidos la pasada semana en
Fox, estaban conseguidos, pero sin algo verdaderamente muy original. Nos ofrecen
un happy end para todos los protagonistas, excepto evidentemente para el héroe
que acaba bajo una bella lápida sepulcral. Es sólo lógica
narrativa. Esto asegura un mínimo de sufrimiento con objeto de hacer
olvidar las pesadeces de los episodios precedentes. Vuelve Paul Kellerman que
finalmente no murió (como Sara no había muerto en la temporada
3) y C-Note Miles, sin contar a Fernando Sucre que había sido metido
en un callejón sin salida hace bastantes episodios. Una especial reunión
de familia como si se probara la necesidad de decir: esto va aquí, eso
allí… esto está acabado realmente.
Todo es estereotipado. Las malas verdades son castigadas. Estamos contentos
ver al general freírse los sesos en una silla eléctrica, lo que
es la repera ya que la serie había suscitado en nosotros sentimientos
opuestos. Cuando la serie arranca nos hace comprender cuanto de injusta puede
tener la pena de muerte y como se sentía su hermano al conocer la sentencia
de Lincoln Burrows cuando se encontraba sobre la misma silla. Fue algo que nos
inculcaron, el primer aliento que apoyaba a Michael para salvarlo lo dábamos
nosotros y ahora pretenden que nos sintamos bien porque el malo muere de la
misma manera… en mi caso no lo consiguen, la muerte no es el peor de los
castigos, por mucho que los americanos lo crean.
Estamos contentos de que Rose, la madre traidora de Michael, caiga a manos
de Sara Tancredi, mientras que desde el principio el papel de médico
había sido marcado sólo para salvar vidas. Pero, bueno, Rose y
sus 750 millones de dólares se la busco por querer matar a su hijo. Ella
merece su suerte, era mala, la matamos y topicazo al canto.
Estamos contentosde que Bagwell regrese a donde debe, al único lugar
donde puede vivir: Fox River. En el fondo, el pedófilo también
lo mereció. Él nunca quiso creer en la redención. Fue el
mismo animal durante cuatro temporadas. Él debía regresar a su
jaula, donde podrá continuar llevando la desgracia a todo el que se le
acerque. He aquí un final que sugiere sentimientos muy simplistas, sí,
pero por lo menos no le mataron y se salieron del tópico sin entrar en
la contradicción.
Para otros, los que sobrevivieron a la aventura, la vida continua. Están
vivos y cada año, hacen el esfuerzo de recordarlo. Ellos dejan a sus
allegados y a su familia para ir a inclinarse sobre la tumba de Scofield, el
que les arrastró a todos en esta aventura. Hasta ese momento todo bien,
pero buscarnos el corazón de alcachofa mirando conmovidos como Lincoln
Burrows coloca una pequeña pajarita de papel sobre la lápida sepulcral
de su hermano, al lado de un ramo de iris blancos depositado por el hijo de
Scofield (que también se llama Michael) es pedirnos muchas lágrimas
para una serie que nunca ha debido ser lacrimógena.
Prison Break era la acción, la aventura, los planes y unas gotas de
amor. Este final es más de Heidi que de una serie como esta. Estos cuatro
minutos que cierran una serie de cuatro años están perfectamente
controlados y de una cierta manera son irreprochables desde un punto de vista
del argumento. Pero no hacen más que seguir el gran clásico. Porque,
si se toma uno el tiempo de descortezarlos, se revelan fáciles, previsibles
y finalmente sin interés. Se trata de un espectáculo que ofrece
finalmente poca originalidad. Y digo esto con frialdad y hasta con dolor, porque
ha sido una serie que me ha gustado desde el principio y a la que perdoné
un gran número de debilidades por "amor".
Esta cuarta temporada se resumió en una sucesión de rebotes,
casi tantos como pistolas cambiando de manos. Era casi ridículo, sobre
todo en ese piso de Miami donde los actores estaban metidos como ratas de laboratorio.
El sentimiento de repetición de las escenas era espantoso y mascullaban
una y otra vez un chantaje patético: "Si no me das a Scylla, mato
a tu amiga. Si no me das a Scylla, mato a tu hermano. Si no me das a Scylla
mato a la amiga de tu hermano".
El único pesar es no haber visto en la serie más tiempo, al asesino
de las gafas negras empleado por el general. Era el único personaje dotado
de originalidad. Habría habido que concederle un sitio más grande
en la historia y tal vez hasta organizar esta última temporada alrededor
suyo.
Tras haber dicho esto, nada bueno, he de decir que la serie ha sido y es un
"pequeño" fenómeno que ha cautivado a miles de telespectadores
y lo ha sido por algo, porque se lo merecía. Muchos esperamos que pasen
unos 5 años para volverla a ver de nuevo con una mirada distante y poder
disfrutar con sus cosas buenas, que han sido muchas. Muchos no estarán
de acuerdo con esto último, pero antes de hablar que vean de nuevo los
10 primeros minutos de la serie y que experimenten por si mismos lo que es una
buena serie.
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